La palabra sida corresponde a las iniciales del Síndrome de
Inmunodeficiencia Adquirida. El sida es un estado avanzado de la infección
causada por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), que provoca la
destrucción progresiva del sistema inmunitario.
En una primera fase, el VIH se multiplica activamente en las células
infectadas. El sistema inmunitario responde disminuyendo la presencia de virus
en la sangre, aunque no impide que los virus sigan presentes y continúen
afectando a otros órganos. Durante varios años el organismo puede permanecer en
esta situación de aparente equilibrio, pero el VIH se sigue multiplicando en
las células e infectando otras nuevas. Finalmente, si no se accede al
tratamiento se produce un debilitamiento paulatino de las defensas del
organismo. Aparecen entonces los signos y síntomas propios de la enfermedad que
definen el sida.
Cuatro fluidos, la sangre, el semen, las secreciones vaginales y la leche
materna de las personas infectadas tienen una concentración suficiente de virus
como para transmitirlo. Ello significa que el VIH puede transmitirse por tres
vías: sexual, sanguínea y de madre a hijo/a.
Además, para que se produzca la infección es necesario que el VIH penetre en el
organismo y entre en contacto con la sangre o mucosas (revestimiento del
interior de la boca, vagina, pene y recto) de la persona.
El VIH no se transmite en los contactos cotidianos: besos, caricias, WC
públicos, duchas, tos, estornudos, vasos, cubiertos, alimentos, lugares de
trabajo, colegios, gimnasios, piscinas...
Tampoco se transmite a través de la saliva, las lágrimas o el sudor; ni por
picaduras de insectos o por el contacto con animales domésticos.
La donación de sangre no comporta riesgo alguno de infectarse.